John y los idiomas


No he conocido a nadie que amara tanto los idiomas como John. Publicó gramáticas y diccionarios del inglés, portugués y japonés. Y, además, también hablaba español, alemán, italiano, chino, francés, holandés y finés.
Disfrutaba como nadie descubriendo las entrañas de cada idioma. Cuando trabajaba en la Unión Europea le diagnosticaron un cáncer que se curó aprendiendo japonés. Decía que disfrutó tanto con este nuevo idioma que se le olvidó que estaba enfermo. Hay pasiones que sientan bien.
Era divertido, irónico, discreto y absurdamente inteligente. Todos sus alumnos y amigos aprendimos mucho de él. Sobre todo de su actitud y pasión por los idiomas.
Hacer diccionarios es uno de los trabajos más aburridos que he conocido. Sin embargo, John se pasaba horas encerrado en su despacho buscando la equivalencia perfecta de cada acepción y disfrutando de esos desafíos diarios.
Ayer muchos lloramos su pérdida, hasta que Meritxell y Janaína me hicieron darme cuenta de que en realidad debíamos agradecer la oportunidad de haberlo tenido en nuestras vidas.
Puede que John esté en este momento en el cielo aprendiendo la lengua del lugar. Y, si es así, seguro que dentro de poco les hará una gramática.
Buena suerte en este nuevo viaje, amigo.
JL Sánchez, marzo 2018

La lengua y las emociones


Yo no hablaría portugués si no fuese por la Bossa Nova. Aquellas canciones de Jobim me transportaron a un mundo maravilloso en el que la forma de expresar las emociones era distinta a la que estaba acostumbrado. Empecé intentando traducir esas letras para comprenderlas. Luego, tocando esas canciones. Después, cantándolas. Y la música brasileña se convirtió en la banda sonora de mi vida.
Cuando entré en la facultad de traducción, quería hacer francés, porque era mi idioma principal, y portugués, por la música brasileña. Me convencieron de que con ese par de idiomas moriría de hambre y de que en lugar de portugués era mejor hacer alemán.
Llegué a odiar ese idioma hasta que en segundo año decidí hacer también todos los cursos de portugués al mismo tiempo como asignaturas optativas. Fue una locura que disfruté muchísimo. Los exámenes los aprobaba sacando frases que siempre rondaban mi cabeza de Vinícius de Moraes, Chico Buarque o Djavan.
Por supuesto, pronto me olvidé del alemán y pasé a trabajar solo con la lengua portuguesa, de Brasil, claro, pues los fados no tuvieron el mismo efecto en mí.
En aquellos años de facultad, ni se me habría pasado por la cabeza que conocería a Jobim personalmente poco después, que lo entrevistaría para escribir un libro, que lo escribiría y que, encima, en ese proceso conocería a Caetano, Chico, Djavan, etc.
Tampoco imaginé que me mudaría a Brasil. Sin embargo, todos los que me escuchaban cantar aquellas canciones o hablar de ese país, siempre lo supieron. Siempre supieron que mi destino estaba ligado a esa emoción que despertó un día de primavera de mis quince años gracias a un viejo transistor en el que escuché por primera vez una canción de Antonio Carlos Jobim.
JL Sánchez, Marzo, 2018

El público


Siempre se ponía un poco nervioso cuando faltaban pocos minutos para empezar. El miedo a quedarse en blanco todavía le inquietaba ligeramente. Sin embargo, la experiencia le había demostrado que su capacidad de improvisar era garantía suficiente como para no preocuparse por eso. Así que respiró profundamente, como hacía siempre antes de empezar, y entró en escena con paso lento, ralentizando todo lo que pudo sus movimientos y mirando fijamente a su público, sin decir ni una sola palabra.
Lo más difícil era captar la atención de los presentes y mantenerla fija durante toda la actuación. Y en todos estos años había aprendido que los silencios eran todavía más efectivos que alzar la voz, cuando se trataba de atraer el interés de los asistentes. Sin embargo, siempre había algunos que continuaban murmurando con la persona que tenían en el asiento de al lado. Cuando no estaban demasiado lejos y conseguía verles bien los ojos, bastaba con mirarlos fijamente durante 4 o 5 segundos para que ese murmullo desapareciera de inmediato. Y, sólo cuando todos mostraban su atención, su disposición a entregarse a su espectáculo, empezaba su performance.
Hacía ya tiempo que su público había disminuido notablemente. Cada vez había más huecos entre los asientos y las filas de detrás aparecían vacías. Era consciente de ello, pero lo achacaba a un exceso de oferta y no dejaba que eso le afectara; se entregaba con el mismo entusiasmo que el primer día.
Esta vez estaba muy cerca de ellos y podía ver claramente sus ojos siguiendo todos sus movimientos, atentos a su monólogo, completamente entregados. Percibía que en ese momento se habían olvidado por completo de sus mundos, de sus problemas, hasta de ellos mismos, y sintió una vez más que su profesión valía realmente la pena. Lo había conseguido de nuevo y no necesitaba el aplauso para sentirse recompensado.
Les dio la espalda y escribió en la pizarra el ejercicio que deberían hacer en casa para el día siguiente, sin darles tiempo a protestar. Justo en ese momento, tocó el timbre y sus alumnos se levantaron y el murmullo volvió a crecer mientras recogían sus cosas para cambiar de aula.
El profesor marchó satisfecho a la clase siguiente.
JL  Sánchez, marzo 2018

John y los idiomas

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